Amor adolescente
Todo cuanto había en mi cabeza estaba relacionado con él. Era como si mis oídos estuvieran cubiertos por unos tapones y no escucharan más que su nombre o cualquier palabra que salía de su boca, de esos labios carnosos y perfectamente perfilados. Él era Dani, hijo de los mejores amigos de mis padres. Era moreno y sus ojos negros se clavaban en mi mirada cada vez que me hablaba. Cada sábado, mis padres quedaban con los suyos y salíamos todos a cenar. Desde hacía unos meses mis padres me daban a elegir si acudir o no a la cena o, si en cambio prefería salir con mis amigas, lo que ellos no sabían es que esa cena era lo que me hacia feliz durante toda la semana.
En clase, siempre estaba ausente pensando en el sábado pasado o en el modelito me pondría para el siguiente. Mi prima Sandra era la única que sabía lo que yo sentía por Dani, pero ella era demasiado alocada y no me podía dejar llevar por sus consejos. Siempre me decía que le confesara a Dani todo lo que sentía por él, pero yo era demasiado tímida para esas cosas, además yo sabía que él tenía muchas pretendientas y no quería formar parte del club de fans que reunía; quería ser mucho mas que eso, quería ser la chica que le hiciera feliz, la que le sacara cada sonrisa, la que estuviera con él hasta el resto de sus días.
Era sábado por la tarde y me disponía a entrar en la ducha cuando mi madre me dio un toque en la espalda y me giré para escucharla:
- No te arregles, hoy no vamos a salir – me dijo con la voz algo apagada.
- ¿Por qué no? ¿Qué ha pasado? – le respondí muy alterada.
- Tu padre ya no es socio de Luis y por ahora no vamos a salir con ellos.
Sin decir nada, entré en la ducha y me puse a llorar. Esa cita semanal era lo único que me unía a Dani, y pensar que no lo vería más se me hacía insoportable. Quizás mi prima tuviera razón y debería haber hablado con él, confesándole lo que sentía. En ese momento sólo pensaba en verlo, y si esa oportunidad llegase, en declararle mi amor. Sabía que no iba a ser sencillo, pero necesitaba librarme de eso que tanto me pesaba no haberle contado. No sé cuánto tiempo habría estado en la ducha dándole vueltas al tema, pero mi madre empezaba a aporrear la puerta pidiéndome que saliese, siempre hacía eso cuando veía que tardaba más de la cuenta.
Estaba ya vistiéndome en mi habitación cuando me dijeron que alguien había llamado preguntando por mí, fui a cogerlo esperando que fuera alguna de mis amigas para invitarme a salir con ellas. Naturalmente le diría que no, pues no tenía ganas de nada.
- ¿Quién es?- pregunté.
- Soy Dani, no me preguntes de dónde he cogido tu teléfono, tengo que hablar contigo. Dentro de media hora estoy en tu calle, baja por favor es importante.
- Vale, allí estaré – dije queriendo demostrar indiferencia.
Mi corazón estaba a mil por hora, cada vez latía más rápido. ¿Qué me querría decir? ¿Sería bueno o malo?
Rápidamente salí de casa y esperé en la calle a que él llegase. El tiempo se me hacía eterno, y mi nerviosismo aumentaba por momentos. Pasaban los minutos y pensaba que quizás fuese una broma y que nuestro encuentro no se produciría nunca.
Estaba mirando al suelo cuando vi que una persona salía desde la esquina, poco a poco fui subiendo la cabeza hasta que mi mirada se topó con la suya. Era Dani. Iba más guapo que nunca. Se aproximó a mí y me propuso dar una vuelta. Yo asentí. Durante todo el recorrido estábamos callados yo no podía dejar de pensar en lo que me tenía que decir. Cuando nuestros ojos se cruzaban, ambos sonreíamos y apartábamos la mirada. No me podía creer que estaba sola compartiendo un paseo con ese moreno que me volvía loca. Llegamos a una plaza y nos sentamos en unos escalones, entonces él me cogió de la mano y empezó a hacerme cosquillas y a acariciarme, como para romper el hielo. Me encantaba estar con él, en esos momentos más que nunca, sabía que lo quería y que daría cualquier cosa por compartir con él algo más que la amistad de nuestros padres. Entonces, los dos nos callamos y nos quedamos mirándonos fijamente uno al otro.
- ¿No quieres saber lo que tengo que decirte?-me dijo rompiendo esa complicidad, típica de las películas.
-Sí-le sonreí- dispara.
Mis ojos se congelaron al ver cómo su rostro se iluminaba al sonreír y, sin ni siquiera darme cuenta de cómo había sucedido, noté como sus labios se juntaban con los míos y todo se paraba. No pasaban los coches, tampoco lo hacía el tiempo, todo se paró para que ambos nos demostrásemos lo que callábamos desde hacía tiempo y que ninguno fuimos capaces de decir.
Eva Roncel Espina


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