Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

Categoría: Relatos

Amor adolescente

mmoliner 28/02/2008 @ 20:04

Todo cuanto había en mi cabeza estaba relacionado con él. Era como si mis oídos estuvieran cubiertos por unos tapones y no escucharan más que su nombre o cualquier palabra que salía de su boca, de esos labios carnosos y perfectamente perfilados. Él era Dani, hijo de los mejores amigos de mis padres. Era moreno y sus ojos negros se clavaban en mi mirada cada vez que me hablaba. Cada sábado, mis padres quedaban con los suyos y salíamos todos a cenar. Desde hacía unos meses mis padres me daban a elegir si acudir o no a la cena o, si en cambio prefería salir con mis amigas, lo que ellos no sabían es que esa cena era lo que me hacia feliz durante toda la semana.

En clase, siempre estaba ausente pensando en el sábado pasado o en el modelito me pondría para el siguiente. Mi prima Sandra era la única que sabía lo que yo sentía por Dani, pero ella era demasiado alocada y no me podía dejar llevar por sus consejos. Siempre me decía que le confesara a Dani todo lo que sentía por él, pero yo era demasiado tímida para esas cosas, además yo sabía que él tenía muchas pretendientas y no quería formar parte del club de fans que reunía; quería ser mucho mas que eso, quería ser la chica que le hiciera feliz, la que le sacara cada sonrisa, la que estuviera con él hasta el resto de sus días.

Era sábado por la tarde y me disponía a entrar en la ducha cuando mi madre me dio un toque en la espalda y me giré para escucharla:

- No te arregles, hoy no vamos a salir – me dijo con la voz algo apagada.

- ¿Por qué no? ¿Qué ha pasado? – le respondí muy alterada.

- Tu padre ya no es socio de Luis y por ahora no vamos a salir con ellos.

Sin decir nada, entré en la ducha y me puse a llorar. Esa cita semanal era lo único que me unía a Dani, y pensar que no lo vería más se me hacía insoportable. Quizás mi prima tuviera razón y debería haber hablado con él, confesándole lo que sentía. En ese momento sólo pensaba en verlo, y si esa oportunidad llegase, en declararle mi amor. Sabía que no iba a ser sencillo, pero necesitaba librarme de eso que tanto me pesaba no haberle contado. No sé cuánto tiempo habría estado en la ducha dándole vueltas al tema, pero mi madre empezaba a aporrear la puerta pidiéndome que saliese, siempre hacía eso cuando veía que tardaba más de la cuenta.

Estaba ya vistiéndome en mi habitación cuando me dijeron que alguien había llamado preguntando por mí, fui a cogerlo esperando que fuera alguna de mis amigas para invitarme a salir con ellas. Naturalmente le diría que no, pues no tenía ganas de nada.

- ¿Quién es?- pregunté.

- Soy Dani, no me preguntes de dónde he cogido tu teléfono, tengo que hablar contigo. Dentro de media hora estoy en tu calle, baja por favor es importante.

- Vale, allí estaré – dije queriendo demostrar indiferencia.
Mi corazón estaba a mil por hora, cada vez latía más rápido. ¿Qué me querría decir? ¿Sería bueno o malo?

Rápidamente salí de casa y esperé en la calle a que él llegase. El tiempo se me hacía eterno, y mi nerviosismo aumentaba por momentos. Pasaban los minutos y pensaba que quizás fuese una broma y que nuestro encuentro no se produciría nunca.

Estaba mirando al suelo cuando vi que una persona salía desde la esquina, poco a poco fui subiendo la cabeza hasta que mi mirada se topó con la suya. Era Dani. Iba más guapo que nunca. Se aproximó a mí y me propuso dar una vuelta. Yo asentí. Durante todo el recorrido estábamos callados yo no podía dejar de pensar en lo que me tenía que decir. Cuando nuestros ojos se cruzaban, ambos sonreíamos y apartábamos la mirada. No me podía creer que estaba sola compartiendo un paseo con ese moreno que me volvía loca. Llegamos a una plaza y nos sentamos en unos escalones, entonces él me cogió de la mano y empezó a hacerme cosquillas y a acariciarme, como para romper el hielo. Me encantaba estar con él, en esos momentos más que nunca, sabía que lo quería y que daría cualquier cosa por compartir con él algo más que la amistad de nuestros padres. Entonces, los dos nos callamos y nos quedamos mirándonos fijamente uno al otro.

- ¿No quieres saber lo que tengo que decirte?-me dijo rompiendo esa complicidad, típica de las películas.

-Sí-le sonreí- dispara.

Mis ojos se congelaron al ver cómo su rostro se iluminaba al sonreír y, sin ni siquiera darme cuenta de cómo había sucedido, noté como sus labios se juntaban con los míos y todo se paraba. No pasaban los coches, tampoco lo hacía el tiempo, todo se paró para que ambos nos demostrásemos lo que callábamos desde hacía tiempo y que ninguno fuimos capaces de decir.

Eva Roncel Espina

La chica de mi vida

marta-p 14/03/2007 @ 11:08

Era un día como otro cualquiera. Me encontraba en mi trabajo etiquetando los productos del supermercado, como siempre, cuando de pronto pasó una chavala de unos 17 años, morena, pelo rizado y largo, labios carnosos, con minifalda... ¡humm!
Me quedé embobado mirándola y, sin darme cuenta, le coloqué a un hombre bajito y bigotudo una etiqueta en la espalda. Como no se inmutó porque estaba muy atento mirando una botella de vino, no le dije nada para que no me echara la charla y seguí tras la chica.
Pasó un tiempo y se me acabo el rollo de la máquina, quise ir a cambiarlo, me despisté y ella desapareció. Me puse muy triste, ya que no tengo suerte con las chicas porque soy muy tímido y nunca he tenido novia. Comencé de nuevo mi recorrido por el supermercado, cuando de pronto escuché un berrido:
— ¡Ahhhh! ¡Señora, suélteme, por el amor de dios!
Me acerqué rápidamente a ver lo que pasaba y... era el mismo señor bajito y bigotudo al que sin darme cuenta le puse la pegatina.
Estaba histérico, pataleando, colgado de la mano de una señora obesa y muy acicalada. Todo el mundo miraba sorprendido, hasta la chica de la minifalda.
Al parecer el señor no se había dado cuenta de lo que tenía en la espalda, se había paseado por todo el supermercado con la pegatina puesta, la señora lo había visto y se lo quiso llevar a su casa porque creyó que estaba en venta.
Al final todo quedó en un susto porque me presenté y conté toda la verdad, la señora lo comprendió y soltó al señor, les pedí disculpas a los clientes y todo se arregló.
Me descontaron una semana de sueldo y todo el mundo se fue del supermercado menos ella.. era la chica de la minifalda, parecía un ángel que se acercaba lentamente:
—Hola ¿cómo estas?—me preguntó.
—Regular, me acaban de echar la bronca, encima de que he contado la verdad—le respondí.
— Lo siento, lo he oído todo, pero me parece que ha sido muy valiente por tu parte contar lo que ha pasado—me aclaró.
— Gracias por entenderme—le comenté.
— Bueno, ¿y cómo te llamas?—me dijo.
— Pedro. ¿Y tu?—le contesté.
— Susana. ¿Quieres que nos tomemos un café y me cuentes mas detalladamente lo que te ha sucedido?—insinuó.
— ¡Vale, me parece buena idea!—exclamé.
— Pues vamos, pero pagaré yo, ya que te han quitado el sueldo durante una semana—susurró sonriendo.
Y así la conocí, ahora es mi novia, llevo dos años con ella y es la chica de mi vida.

Marta Pavón Pueda 3ºA

¡Señor a la venta!

rocio-mf 07/02/2007 @ 11:17

supermercado.jpg

Otro día más, y con éste ya van cinco, al próximo me despiden, y todo por mi continuo e inevitable despiste. Esta vez creo que ha sido la peor de todas. Fue ayer por la mañana, en el supermercado donde trabajo, cuando pedí permiso para coger la máquina etiquetadora y marcar los productos, al gruñón de Roberto, mi superior, quien me contestó:

—¿A ti? ¡Con lo caras que son esas máquinas y para que la estropees!

—Que no, Roberto, te aseguro que echaré cuenta de ella, además ya me toca cambiar de trabajo —le expliqué, pues todas las semanas cambiamos de puesto.

—Está bien, Claudio, pero ya sabes, ¿eh?

—Gracias, majete —le dije dándole una palmadita en la espalda.

Después de conseguir mi maquinita, me dirigí a la calle de los lácteos, pues es la que menos me gusta. Al final del pasillo distinguí al señor Fuentes, un buen cliente nuestro, bajito, sin pelo, con un bigote muy cuidado y siempre elegante.
Pensé que cuando llegase a él lo saludaría, pero cuando me disponía a hacerlo apareció Inés, la hermana de mi mejor amigo; aunque a decir verdad sólo me junto con él porque me gusta su hermana. Ella es alta, atractiva y algo rebelde; iba vestida con una minifalda y un top y “para variar”, me quedé embobado, aun así me dispuse a saludarla:

—Ho... hola Inés, ¿qué tal?

—Hola... tú —me respondió, ni siquiera se acordaba de mi nombre, aunque ahora que lo pienso, nunca nos han presentado como es debido.

—Claudio —indiqué.

—Sí, eso, ¿trabajas aquí?

—Si... empecé hace 2 meses.

—Ah, no lo sabía, bueno tengo que seguir comprando que tengo prisa.
¡Adiós!

—Adiós, y dile a tu hermano que después voy a su casa —añadí.
—De acuerdo—contestó, con una risita que me dejó algo desconcertado.
En fin, que con la charla me olvidé del Señor Fuentes y según me dijo un compañero y después pude comprobar, sin darme cuenta lo etiqueté en la espalda (fue entonces cuando comprendí la risa de Inés). Pero lo peor ocurrió a continuación: mientras el señor seguía mirando su lista y comprando, doña Jimena, una mujer gruesa, mas bien obesa y vestida con un traje primaveral algo hortero, bah, para qué engañarnos, muy hortero, vio la etiqueta en la espalda del Señor Fuente. La señora, asegurándose de que lo que estaba viendo era cierto, decidió meterlo en su cesta:

—Debe de ser la oferta de la semana—reflexionó—; ya era hora de que pusiesen algo que valiese la pena.

—Señora, ¿pero qué hace? ¡Yo no soy ninguna oferta! ¡ Soy un cliente como usted!—gritó el hombre.

—Uy, pues eso no es lo que pone en su espalda...

—¡Señora, que me suelte! ¿Pero qué se cree?

—¡ Y además barato! Ja, ja, ja, esto es mejor que el kilo de helado de chocolate que tomo para merendar—reía Doña Jimena.

El Señor Fuentes, protestando, intentaba salir del carro, pero ella se lo impedía. El mayor numerito se montó en la caja del supermercado. Cuando Doña Jimena lo puso en la cinta transportadora, el hombre comenzó a berrear y patalear de forma que llamó la atención de toda la clientela.

María, la cajera, una solterona amargada sin solución que me odia preguntó:

—¿Qué es lo que pasa, señora?

—Pues que como he visto que éste señor está a la venta, lo he echado en mi carro, pero él se niega a que lo compre—explicó mientras lo sujetaba con esfuerzo.

—¿Pero cómo va a estar éste señor a la venta? ¡Si es uno de nuestros clientes! ¡Suéltelo, por favor!— replicó la amargada.

—¿Qué no? Mírele la espalda—dijo dándole la vuelta al hombre—; compruébelo, niña.

—Para su información, mi nombre es María y ya soy lo bastante grandecita como para que usted me llame “niña”, ahora suelte al hombre y déjelo hablar, anda.

Doña Jimena, resignada y asombrada por la contestación de la cajera, soltó al Señor Fuentes, quien exclamó:

—¡YO NO ESTOY EN VENTA! ¡Solo he venido a comprar mi almuerzo! No sé cómo ha llegado ésta etiqueta a mi espalda—y se la arrancó.

Y, cómo no, María la delatora oficial de mis despistes, gritó por su micrófono, la muy chivata:

—¡Claudio! Acude a caja inmediatamente.

Yo me dirigí a la caja, consciente de que la había liado otra vez; no había dado tiempo para explicar nada cuando ella me habló con el tono sarcástico que siempre tiene reservado para mí:

—Claudio, ¿no habrás sido tú por casualidad, quien hoy ha estado etiquetando los productos y de paso también a nuestro gran cliente, el Señor Fuentes...?

—Sí, he sido yo, me entretuve y le puse una etiqueta sin querer, lo siento Señor Fuentes, lo siento mucho—me disculpé, fulminando con la mirada a María.

—Bah, tú y tus despistes Claudio, eres un desastre —dijo ella.

—No pasa nada, muchacho, es ésta señora que es una cabezota y no piensa que no tiene lógica que un hombre esté a la venta en un supermercado... Por Dios, ¡en qué mundo estamos!

Doña Jimena comprendió que no tenía razón, y añadió, agachando la cabeza y haciendo pucheritos:

—Perdone, señor, es que como estoy tan sólo acompañada por mi gato peludo y malaje, vi en usted una buena oportunidad de no estar tan sola...

El Señor Fuentes quitó su cara de enfado:

—Bueno, no importa, mujer, además ahora que lo pienso, yo también estoy solo y necesito alguien que me dé compañía —argumentó, enternecido, guiñándole un ojo a Doña Jimena.

Lo que ella le contestó nadie lo escuchó, puesto que se formó un alboroto y la señora lo hizo entre risitas, pero lo que sí vimos es que se fueron juntos. Todo el mundo comentaba lo ocurrido y reía, todos, menos yo, que fui sancionado con una semana sin sueldo por mis incontables descuidos y casi pierdo mi trabajo por culpa de la odiosa de María, suerte que el encargado venía contento (le habían aumentado el sueldo) y a que le convencí (otra vez) de que no ocurriría más. Lo intentaré.

Rocío Márquez Fernández 3ºA

¿Por qué todo el mundo rehace su vida?

ana-victoria 05/02/2007 @ 20:01

super.jpgEra un día como otro cualquiera, el despertador sonó como siempre a las seis y media; un sonido un poco desagradable, me gustaba más la dulce voz de mamá, pero desde que me independicé nada es como antes. Echo de menos a mamá, su olor, su comida, sus llamadas a Juan Imedio; y ahora encima, mi mujer, Eva, me pide la separación. Me siento muy solo, no tengo casi amigos, mi única esperanza es el supermercado; pero ya, ni eso, porque todo el mundo rehace su vida menos yo. Te contaré una historia que pasó recientemente...
Entré a trabajar cinco minutos antes, para colocar los precios, no me dio tiempo a terminar antes de que abriesen, por eso, mi encargada, Clotilde, Cloti para los amigos —una señora muy atractiva, pero claro, casada, con hijos y con vida propia ¡qué envidia!, y su marido deberá de ser muy guapo, inteligente, y tendrá un sueldo superior a 500 euros al mes— me dijo que pusiese las etiquetas mientras la gente compraba.
Estaba desesperado, ya no sabía qué hacer, ni qué pensar, encima como Eva me ha echado de casa, pues tengo que pagar el alquiler de un piso y con este sueldo… ¡no me llega! Por eso aquella tarde me quedé a hacer horas extras.

Yo estaba con mi etiquetadora y observaba a los clientes de siempre: Don Alfonso, un hombre ya un poco mayor, miope, bajito y calvo, muy buena gente el señor, y Doña Francisca, un poco testaruda, pero no mala persona.
En ese momento pasó Pili, una chica joven, guapa, hermosa, que ese día llevaba un top y una minifalda, mi debilidad, me quedé embobado, porque me había enterado que había roto con el novio, por eso me decidí a lanzarme o por lo menos mantener una conversación con ella:
-¡Hola!— le dije
– ¡Buenos días, Emilio!— contestó
Yo me sentí tan orgulloso, no solamente porque se supiese mi nombre, sino porque había sido capaz de hablarle, que decidí lanzarme completamente; pero era demasiado tarde, se había ido a los lácteos, porque yo tardé en reaccionar a causa de la emoción.
En ese momento no me di cuenta, pero luego me contaron que mientras yo mantenía la conversación con Pili, le puse sin querer una etiqueta a Don Alfonso, mientras él estaba completamente concentrado leyendo las etiquetas de los vinos.
Él siguió su ruta hacia la chacina, nadie se dio cuenta que llevaba una etiqueta en su chaqueta excepto Doña Paca, una señora un poco… bueno, bastante gruesa, que venía todos los días con siete gatos. Siempre los deja en la puerta, ya que un día tuvo un enfrentamiento con el vigilante. Ella sabe que él tiene alergia a los gatos y le hace esa trastada. Siempre compra comida para gatos, pan, vino, chacina y un buen bistec.
Doña Paca se quedó pasmada al ver que ese hombre estaba a la venta. Como se sentía muy sola, decidió llevárselo. Cuando Don Alfonso sintió que se elevaba para ser introducido en un carro de comida, empezó a gritar exageradamente.
Desde ese día Don Alfonso siempre viene a comprar comida para gatos...
Ana Victoria Suárez

Mega Shop tiene un producto nuevo

cristinagb 24/01/2007 @ 11:23

Era una mañana de gran clientela en ‘Mega Shop’. Como todos los miércoles, Bonifacio, el dependiente más joven del supermercado, le correspondía etiquetar, aquellos productos rebajados o con descuento.

Sin pensarlo más, se dispuso a colocar las etiquetas empezando por la calle de los productos de limpieza. Tras etiquetar los productos del primer expositor sonó por la megafonía:

—¡Tín,tín,tín! Sr. Bonifacio acuda a la caja nº3.

El joven, un poco preocupado, se dirigió hacia la caja, y preguntó:

—Narcisa, ¿me has llamado tú?

—Sí. El jefe quiere que etiquetes antes que nada los lácteos y cereales- contestó la cajera.

—Vale,vale. Dame otro rollo de etiquetas que este se está acabando - pidió Narcisa.

El dependiente se dirigió hacia la calle y comenzó con su trabajo. Al instante, un poco despistado al ver pasar con su carrito, una chavala con mini falda y top, desvió su vista por un momento y colocó el precio de un producto sobre el señor que consultaba el precio de una botella.
Este señor era habitual cliente, se llamaba Ambrosio Saturnino.
Él no sintió nada en su espalda, debido a la excesiva concentración que prestaba para consultar el precio del artículo.
Bonifacio se paró a cambiar el rollo y el señor se fue a mirar los congelados. Mientras él miraba, Florencia, una señora obesa que siempre iba muy emperifollada y madre de la cajera nº1, se asombró y se caló las gafas, para ver el precio que le habían pegado a Saturnino en la espalda.
A la señora le pareció buen precio y lo cogió muy contenta y lo metió en su carro junto a las hortalizas.
Florencia bien contenta se dirigió hacia la caja nº3.Allí estaba Narcisa como todas las mañanas, muy arreglada y pintada sentada en su silla.
La señora puso a Saturnino en la cinta transportadora:

—¡ Gordaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Yo no me vendo, soy un hombre muy decente y no tengo precio – gritó el señor- A la persona que me haya puesto el precio la voy a denunciar.

—Usted perdóneme. Mi compañero es muy despistado- se disculpó la cajera.

—¡Buahhh! ¡ Ahhh! ¡ Quítemela he dicho!- berreó Saturnino.

—¡Ay!, mi calvito, qué simpático es – dijo Florencia con tono irónico.

—¡Usted, gorda bella, suélteme!- insistió el hombre.

Saturnino ya no aguantó más y mordió a Florencia. El señor calló al suelo y ella lo aplastó con la barriga y el carrito.
Narcisa asustada llamó a la seguridad y se llevaron a Florencia.
Saturnino acabo con varias heridas leves, y en el hospital, ya no fue más a ese supermercado.

Meses más tarde, por una avenida de Sevilla, Saturnino y Florencia se cruzaron, y aquello fue un encuentro de miradas. El señor la insultó nada mas verla, y Florencia no pudo más con la farsa, se acercó a él y le indicó con el dedo silencio mientras se arrimó y le dio un profundo y apasionado beso en la boca.

Después, de lo ocurrido ese día, ambos supieron que el amor de ambos era correspondido, y formaron una amistad que con el tiempo, llegó a una convivencia.

CRISTINA GUERRERO ONIEVA
3ºA