¡Señor a la venta!

Otro día más, y con éste ya van cinco, al próximo me despiden, y todo por mi continuo e inevitable despiste. Esta vez creo que ha sido la peor de todas. Fue ayer por la mañana, en el supermercado donde trabajo, cuando pedí permiso para coger la máquina etiquetadora y marcar los productos, al gruñón de Roberto, mi superior, quien me contestó:
—¿A ti? ¡Con lo caras que son esas máquinas y para que la estropees!
—Que no, Roberto, te aseguro que echaré cuenta de ella, además ya me toca cambiar de trabajo —le expliqué, pues todas las semanas cambiamos de puesto.
—Está bien, Claudio, pero ya sabes, ¿eh?
—Gracias, majete —le dije dándole una palmadita en la espalda.
Después de conseguir mi maquinita, me dirigí a la calle de los lácteos, pues es la que menos me gusta. Al final del pasillo distinguí al señor Fuentes, un buen cliente nuestro, bajito, sin pelo, con un bigote muy cuidado y siempre elegante.
Pensé que cuando llegase a él lo saludaría, pero cuando me disponía a hacerlo apareció Inés, la hermana de mi mejor amigo; aunque a decir verdad sólo me junto con él porque me gusta su hermana. Ella es alta, atractiva y algo rebelde; iba vestida con una minifalda y un top y “para variar”, me quedé embobado, aun así me dispuse a saludarla:
—Ho... hola Inés, ¿qué tal?
—Hola... tú —me respondió, ni siquiera se acordaba de mi nombre, aunque ahora que lo pienso, nunca nos han presentado como es debido.
—Claudio —indiqué.
—Sí, eso, ¿trabajas aquí?
—Si... empecé hace 2 meses.
—Ah, no lo sabía, bueno tengo que seguir comprando que tengo prisa.
¡Adiós!
—Adiós, y dile a tu hermano que después voy a su casa —añadí.
—De acuerdo—contestó, con una risita que me dejó algo desconcertado.
En fin, que con la charla me olvidé del Señor Fuentes y según me dijo un compañero y después pude comprobar, sin darme cuenta lo etiqueté en la espalda (fue entonces cuando comprendí la risa de Inés). Pero lo peor ocurrió a continuación: mientras el señor seguía mirando su lista y comprando, doña Jimena, una mujer gruesa, mas bien obesa y vestida con un traje primaveral algo hortero, bah, para qué engañarnos, muy hortero, vio la etiqueta en la espalda del Señor Fuente. La señora, asegurándose de que lo que estaba viendo era cierto, decidió meterlo en su cesta:
—Debe de ser la oferta de la semana—reflexionó—; ya era hora de que pusiesen algo que valiese la pena.
—Señora, ¿pero qué hace? ¡Yo no soy ninguna oferta! ¡ Soy un cliente como usted!—gritó el hombre.
—Uy, pues eso no es lo que pone en su espalda...
—¡Señora, que me suelte! ¿Pero qué se cree?
—¡ Y además barato! Ja, ja, ja, esto es mejor que el kilo de helado de chocolate que tomo para merendar—reía Doña Jimena.
El Señor Fuentes, protestando, intentaba salir del carro, pero ella se lo impedía. El mayor numerito se montó en la caja del supermercado. Cuando Doña Jimena lo puso en la cinta transportadora, el hombre comenzó a berrear y patalear de forma que llamó la atención de toda la clientela.
María, la cajera, una solterona amargada sin solución que me odia preguntó:
—¿Qué es lo que pasa, señora?
—Pues que como he visto que éste señor está a la venta, lo he echado en mi carro, pero él se niega a que lo compre—explicó mientras lo sujetaba con esfuerzo.
—¿Pero cómo va a estar éste señor a la venta? ¡Si es uno de nuestros clientes! ¡Suéltelo, por favor!— replicó la amargada.
—¿Qué no? Mírele la espalda—dijo dándole la vuelta al hombre—; compruébelo, niña.
—Para su información, mi nombre es María y ya soy lo bastante grandecita como para que usted me llame “niña”, ahora suelte al hombre y déjelo hablar, anda.
Doña Jimena, resignada y asombrada por la contestación de la cajera, soltó al Señor Fuentes, quien exclamó:
—¡YO NO ESTOY EN VENTA! ¡Solo he venido a comprar mi almuerzo! No sé cómo ha llegado ésta etiqueta a mi espalda—y se la arrancó.
Y, cómo no, María la delatora oficial de mis despistes, gritó por su micrófono, la muy chivata:
—¡Claudio! Acude a caja inmediatamente.
Yo me dirigí a la caja, consciente de que la había liado otra vez; no había dado tiempo para explicar nada cuando ella me habló con el tono sarcástico que siempre tiene reservado para mí:
—Claudio, ¿no habrás sido tú por casualidad, quien hoy ha estado etiquetando los productos y de paso también a nuestro gran cliente, el Señor Fuentes...?
—Sí, he sido yo, me entretuve y le puse una etiqueta sin querer, lo siento Señor Fuentes, lo siento mucho—me disculpé, fulminando con la mirada a María.
—Bah, tú y tus despistes Claudio, eres un desastre —dijo ella.
—No pasa nada, muchacho, es ésta señora que es una cabezota y no piensa que no tiene lógica que un hombre esté a la venta en un supermercado... Por Dios, ¡en qué mundo estamos!
Doña Jimena comprendió que no tenía razón, y añadió, agachando la cabeza y haciendo pucheritos:
—Perdone, señor, es que como estoy tan sólo acompañada por mi gato peludo y malaje, vi en usted una buena oportunidad de no estar tan sola...
El Señor Fuentes quitó su cara de enfado:
—Bueno, no importa, mujer, además ahora que lo pienso, yo también estoy solo y necesito alguien que me dé compañía —argumentó, enternecido, guiñándole un ojo a Doña Jimena.
Lo que ella le contestó nadie lo escuchó, puesto que se formó un alboroto y la señora lo hizo entre risitas, pero lo que sí vimos es que se fueron juntos. Todo el mundo comentaba lo ocurrido y reía, todos, menos yo, que fui sancionado con una semana sin sueldo por mis incontables descuidos y casi pierdo mi trabajo por culpa de la odiosa de María, suerte que el encargado venía contento (le habían aumentado el sueldo) y a que le convencí (otra vez) de que no ocurriría más. Lo intentaré.
Rocío Márquez Fernández 3ºA


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